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APRENDIZAJE, DESARROLLO
Y DID�CTICA. UNA PERPECTIVA INTEGRADORA DE LA EDUCACI�N INFANTIL.
Margarita Arroyo A
Una conjunci�n de determinaciones sociales, econ�micas,
culturales, ideol�gicas y pol�ticas, entre otras,� intervienen,
sin duda, en la definici�n de cierta� orientaci�n normativa en
el campo de la educaci�n infantil. Sin embargo, la influencia
de las corrientes psicol�gicas y pedag�gicas que en el transcurso
del tiempo han dando luz sobre procesos tan delicados como los
de aprendizaje y desarrollo de los ni�os, han tenido un peso decisivo
en tal orientaci�n y en la forma como se realiza en la pr�ctica
educativa. Junto con el de maduraci�n, la interpretaci�n que de
estos conceptos ha sido fuente de prop�sitos y fundamentos de
las principales propuestas pedag�gicas y did�cticas llevadas a
la pr�ctica en la educaci�n inicial y preescolar, y han sido un
ingrediente importante en la conformaci�n de una cultura pedag�gica
en estos niveles.
En este art�culo desarrollo una aproximaci�n general
de la manera como distintos enfoques te�ricos han fundamentado
a los modelos pedag�gicos� sobresalientes en esta pr�ctica educativa,
en M�xico. Esto me lleva� hacer una reflexi�n sobre la propuesta
misma y, principalmente, sobre la manera como se concibi� la organizaci�n
did�ctica; por consiguiente, el lugar del docente, del ni�o y
de lo que en cada caso se entendiera por contenidos.
Al aportar estas reflexiones en la relaci�n teor�a
pr�ctica, intento resignificar el concepto de did�ctica,
desde� el constructivismo, �que es la �ltima fase en que la pr�ctica
educativa del nivel ha estado incursionando. Interesa trabajar
en esta direcci�n por que desde esta postura se ha generado otra
�tica en las relaciones entre la educadora (docente) y los ni�os
al reconocerlos como sujetos de conocimientos, inteligentes, pensantes
y capaces de tener una participaci�n activa y responsable en sus
aprendizajes. Porque, como veremos mas adelante, significa para
el docente otro compromiso profesional frente al conocimiento
y su ense�anza y frente a si� misma(o) en la transformaci�n de
sus objetivos y formas de intervenci�n. Estas ideas nos remiten,
por lo tanto, a otro esquema did�ctico que implica otra conciencia
acerca de la actividad de ense�anza en educaci�n infantil.
Este recorrido ofrece, adem�s, algunos elementos
para caracterizar lo que han sido, y son, algunas de las formas
de pensar de la mayor parte de este gremio docente; considero
esto importante en tanto configuran la base desde la cual asimilan
las innovaciones, en procesos de transformaci�n de la pr�ctica
y ayudan a explicarnos muchos de los conflictos que viven, como
docentes, frente a las decisiones de cambio curricular.
Los referentes que utilizo los he tomado de la
experiencia mexicana, que es la base de mis conocimientos. Sin
embargo, estoy segura de que hay rasgos en estas historias en
los que pueden reconocerse educadoras de otros pa�ses.
Como he se�alado, una cierta recuperaci�n de la
memoria acerca de los modelos dominantes en la educaci�n preescolar
en M�xico, ayuda a entender la manera como se fue plantando la
organizaci�n did�ctica bajo los enfoques te�ricos que en esa �poca
influyeron, hasta las �ltimas propuestas que es cuando se marca
la transici�n al enfoque psicogen�tico. Es posible identificar
en ello el concepto que se ten�a de cada uno de los elementos
que he se�alado __los ni�os, la educadora y los contenidos__ de
sus funciones y relaciones en las situaciones did�cticas.
�
�Por un largo tiempo que casi ocup� el siglo pasado,�
hubo un enfoque educativo caracterizado, en forma dominante por
lo que identificamos como pr�ctica tradicional� Esta, en la educaci�n
preescolar, tom� forma en torno a una serie de im�genes que ten�an
sentido en relaci�n al nombre que le dio origen y con el que tradicionalmente
se le identifica, es decir, los jardines de ni�os o kindergarten
en alem�n..
El jard�n de ni�os naci� y se difundi� con la
idea de ser una extensi�n del hogar y poder educar a los ni�os
con los cuidados y ense�anzas propias de la madre, idea que, a�n
subyace en las pr�cticas. El ni�o fue concebido desde un ideario,
claramente biol�gico, como una planta, un grano a germinar, una
planta humana a desenvolverse, una florecita a cultivarse.
Un ser peque�o e indefenso que tendr�a que ser guiado y protegido.
Para ello eran pertinentes los cuidados de una madre jardinera,
de una madre buena y sensata, que no tendr�a que saber nada
mas, que jugar con el y apartarlo de las ideas nocivas y de
los peligros del mundo
[1] .
En los inicios del jard�n de ni�os en M�xico, y
estamos hablando de fines del siglo XIX y principios del pasado,�
el trabajo docente se inspiraba en esta pedagog�a cuya intenci�n,
se le�a, era la de ...ense�ar a la madre la manera de nutrir
y dar impulso a los g�rmenes de las futuras actividades psicofisiol�gicas
de los ni�os.. [2] .� Estos prop�sitos se lograban a trav�s de
una organizaci�n did�ctica que implicaba realizar actividades
en torno a lo que en la propuesta Froebeliana se llamaban juegos
maternales,� dones y ocupaciones los cuales propiciaban, habr�a
dicho Froebel, que los ni�os ....desarrollen los sentidos
y preparen a la mano para su futura misi�n [3] . El jugar de los ni�os, desde entonces, se
escolariza y se toma como herramienta para fines educativos.
Estas ocupaciones consist�an en una
serie de actividades manuales que hasta la fecha nutren la cotidianeidad
de las actividades escolares, a la par que las herencias que dejaron
los dones y los juegos maternales. Para dar una idea de esto,
se�alo s�lo algunas: perforar, coser, dibujar, tejer, doblar y
recortar papel, modelar; pelotas cubos, superficies geom�tricas,
semillas y otras. En los objetivos de estas actividades se pod�a
manifestar el concepto que ten�an sobre los ni�os y las pretensiones
sobre su educaci�n y cito textualmente ...su importancia
es obvia: da una leg�tima y conveniente satisfacci�n a los instintos
de actividad e investigaci�n; ejercita el tacto, cultiva la atenci�n,
la observaci�n, el juicio, la paciencia, el gusto art�stico; en
una palabra: desarrolla al ni�o integralmente. [4]
La explicaci�n psicol�gica a los cambios, evoluci�n
o transformaciones en las capacidades de los ni�os se expresaban
con el concepto de maduraci�n, muy familiar a�n en preescolar.
Este, que implica un determinismo biol�gico, considera que las
transformaciones en los ni�os ocurren de manera programada y s�lo
bajo las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, tendr�a que ocurrir
lo mismo en todos los ni�os en una correspondencia uniforme de
habilidades y funciones para cada edad.� Desde esta perspectiva,
la did�ctica se entender�a como un conjunto de actividades que
por si mismas favorecer�an la maduraci�n de funciones,
habilidades y destrezas sensorio motoras,� de la atenci�n,
la observaci�n, la memoria y otras habilidades �tiles para un
aprendizaje de la vida basado en la imitaci�n, la repetici�n,�
ejercitaci�n y memorizaci�n. Es decir, una organizaci�n did�ctica
que relaciona a un organismo que, mientras mejor madure, mejor
incorpora� los objetos de ense�anza.
Estas ideas, propias de la pedagog�a Froebeliana,
se prolongan en la teor�a y pr�ctica del J. De Ni�os de la M.
Rosaura Zapata [5] , influencia dominante en la educaci�n
preescolar casi a lo largo del siglo pasado. En esta propuesta
se retoma la idea naturalista del ni�o consider�ndolo como ..la
semilla del �rbol del ma�ana y habla del espacio did�ctico
como el terreno propicio para impartir los cuidados
que la naturaleza pide, acentuando la funci�n de la educadora
como jardinera.�� Si estuvi�semos en un espacio po�tico
ver�amos la congruencia con este lenguaje metaf�rico. Como no
es as�, la consecuencia fue que estas ideas se instituyeron a
lo largo del tiempo, creando una aproximaci�n simplista, rom�ntica
y a la vez controladora de la tarea educativa. Paralelamente,
la formaci�n profesional se fue dando bajo estas l�nea sin aterrizar
en la importancia de un conocimiento profundo del ni�o y de otros
contenidos, socialmente relevantes, que la instituci�n educativa
tendr�a que incorporar. En este aspecto,� predominaban los contenidos
centrados en el entrenamiento y en un entretenimiento socializador.
Parad�jicamente, y como parte de este esquema biol�gico,
Zapata se�ala que el ni�o es fisiol�gicamente, un animal
en desarrollo [6] al que habr�a que dominar y controlar.
Para ello resalta, m�s a�n, el valor del juego como una poderosa
herramienta educativa y plantea una organizaci�n did�ctica que
implica la con-fusi�n entre juegos� y actividades.
Las implicaciones did�cticas consecuentes a esta
idea de animalidad que ha dominado todo el siglo pasado (y en
muchos aspectos hasta nuestros d�as),� se concretan en una especie
de administraci�n de los juegos que parece responder a la necesidad
de control y dominio de los instintos infantiles. Y as� encontramos,
por ejemplo, los juegos de agua, de arena, juegos organizados
y cantos y juegos, entre otros;� en suma, el juego dirigido.
El conductismo reforz� posteriormente la visi�n
del ni�o como una tabla rasa, es decir, un sujeto sin saber, sin
conocimientos que rescatar, sin� procesos internos en el acto
de conocer, donde todo estar�a determinado desde fuera. La ense�anza,
por lo tanto, se entender�a como estimulaci�n y el aprendizaje
como una especie de reflejo o copia de la realidad ya que, lo
que se espera de quien aprende es la producci�n de respuestas
precisas y exactas en co-rrespondencia a los est�mulos que el
docente propone.
Lo importante en este esquema simple y preciso,
basado en� el principio biol�gico de est�mulo respuesta,
es la respuesta conductual, lo observable y medible desde el punto
de vista de los prop�sitos educativos. Tanto el sujeto como el
objeto de la ense�anza son vistos en la fragmentaci�n y desarticulaci�n
de sus elementos, es decir, en una multiplicidad de fragmentos
de sus capacidades y funciones, donde no existen relaciones, integraci�n
alguna ni� construcci�n de sentido.
La ense�anza as� concebida ha tenido como objeto
la estimulaci�n de fragmentos de ideas, de cualidades f�sicas
y de funciones de los sujetos y de los objetos; de habilidades
personales totalmente parcializadas, descontextualizadas y carentes
de sentido, a no ser� los premios, cuando hac�an bien la tarea
o los est�mulos negativos cuando no lo lograban. As� hemos visto,
a lo largo de a�os, un predominio de juegos sensoriales relacionados
con los colores, las formas, los olores y cualidades espaciales.
Actividades para educar la atenci�n y la memoria; otras de ejercitaci�n
muscular para la coordinaci�n motora en el aprendizaje, por ejemplo
de la escritura, donde todos hemos visto planas de trazos o la
repetici�n al infinito de letras sueltas.� Incluye tambi�n a ciertos
objetos de ense�anza que la moda va tomando y� trasladando como
ofertas� a una especie de mercado educativo que vende
t�cnicas para acelerar la adquisici�n de habilidades que demanda
la modernidad por ejemplo leer r�pido, hablar� ingl�s,
saber computaci�n; otras como la ejercitaci�n motora para que
los beb�s caminen mas pronto o se vuelvan mas inteligentes, o
lean al a�o, entre muchas otras.� Es decir, la mirada puesta en
un ni�o fragmentado.
Este enfoque, que ha tenido un peso dominante en
la educaci�n infantil, hasta hoy, dio lugar a que las educadoras
enfrentaran una enorme atomizaci�n de� los contenidos conductuales
a estimular, cada uno, con su correspondiente actividad, lo cual
lleg� a ser casi delirante.� En este modelo la participaci�n de
los ni�os se reduce a recibir y cumplir indicaciones de lo que
deben hacer, con un cierto orden, y sin interactuar con sus compa�eros.
Esto trasmite la idea del ni�o del momento (no en proceso), del
ni�o eficiente en ese recorte de conducta, en el que no se percibe
un futuro basado en el desarrollo de sus potencialidades. En cuanto
a la educadora, en ella recae la tarea de preparar todos los est�mulos
necesarios para realizar las� actividades.
Esta oferta educativa, simplista, pragm�tica y
de serias consecuencia para la educaci�n infantil, dominaba la
fase previa a la implantaci�n, a nivel normativo, de un programa
en educaci�n preescolar fundamentado en� la teor�a psicogen�tica [7] .�� El hecho de haber sido la
primera formalizaci�n curricular a nivel oficial y, por lo tanto,
de haberse convertido en norma a nivel nacional, impuls� su difusi�n
y puso en contacto a las educadoras con esa l�gica constructivista.
Este proceso se continuar�a, a partir de 1992, con el segundo
Programa Nacional [8] el cual, en esencia, aunque con
otro esquema metodol�gico basado en el desarrollo de proyectos,
sostendr�a el mismo enfoque.� Est� por dem�s hablar del shock
que este cambio gener� en la base docente y en la organizaci�n
t�cnico administrativo. Fue evidente que hab�a impactado a la
educaci�n preescolar.
�
�C�mo explicar las transformaciones posteriores
y a que reflexiones nos llevan?
Desde que comienzan a difundirse las investigaciones
de� J. Piaget, a partir de los setentas, surgen en varios pa�ses
proyectos de investigaci�n para pensar estas teor�as desde lo
propio del campo pedag�gico
[9] .� En una primera fase se produjo un traslado casi mec�nico
de estas ideas, identificado como aplicacionismo ,
al campo de la pr�ctica [10] .� Es decir, se tomaron como contenidos las operaciones descritas
en la teor�a para explicar el desarrollo pscicologiz�ndose las
actividades y aplic�ndose la jerga propia del trabajo experimental
al campo educativo en preescolar. Un ejemplo de esto, en el caso
de M�xico, es el Programa de Educaci�n Preescolar de 1981 y sus
repercusiones en la pr�ctica. Entre ellas, por ejemplo, el hecho
de que las educadoras, sin mayor elaboraci�n al respecto, realizaran
actividades de clasificaci�n y� de seriaci�n para que los ni�os
aprendieran matem�ticas.
Ante la imprecisi�n did�ctica respecto a una intervenci�n
docente acorde con estas ideas, se fue acentuando la postura del
dejar hacer bajo el supuesto de que los ni�os, por
si solos y en interacci�n con los objetos, construyen conocimientos.
Aparejada a esta forma de intervenci�n __es decir la de no intervenci�n__
las educadoras tomaron un rol pasivo como respuesta a un vac�o
de reflexi�n en torno a otra manera de entender su funci�n, es
decir, en el sentido de crear condiciones para el avance de los
conocimientos y el desarrollo de capacidades. Esto se podr�a�
expresar as�:� si el ni�o construye conocimientos por si solo
y en interacci�n con los objetos, �qu� tendr�a que hacer la educadora
de preescolar o de educaci�n inicial� sino dejarlo construir por
si solo y tomar distancia de ese proceso?.� Bajo este supuesto
la idea de lo activo acentu� la l�gica de una activitis
pragm�tica que siempre ha encontrado un terreno f�rtil en la educaci�n
infantil, tendencia a la que tambi�n contribuy� la escuela activa.
Otro efecto fue que, al incorporarse a la jerga
cotidiana los t�rminos propios de la teor�a psicogen�tica, y entre
ellos el de objeto de conocimiento, todo, practicamente, pas�
a ser objeto de conocimiento. Esto agudiz� la dificultad de comprenderlo
en cuanto a su propia naturaleza y esencia como saber universal,
su car�cter integrado y complejo, su conceptualizaci�n como contenido
escolar, su funcionalidad como conocimiento que circula en las
pr�cticas sociales y culturales y, por lo tanto, la congruencia
de estos aspectos en una did�ctica espec�fica para su ense�anza
y su aprendizaje.
Si bien, desde esta perspectiva constructivista,
se hab�a dado un viraje radical que nos daba luz para comprender
la capacidad del sujeto para construir conocimientos, nos encontramos
a la vez, y por mucho tiempo, en una especie de vac�o desde el
punto de vista did�ctico, para responder al insistente y justificado
�c�mo hacer para...? que planteaban las educadoras
para llevar a la pr�ctica estas ideas.
Este �c�mo...? lo formulaban inicialmente en un
intento de comprender la metodolog�a general, que en 1981 propon�a
la organizaci�n de actividades en� situaciones y en 1992 en torno
a proyectos. Sin embargo, esta preguntas y confusiones comenzaron
a despejar el camino para entender lo que en ellas hab�a de fondo
y pensar did�cticamente en la manera de abordarlas.� Uno de los
ejes de esta reflexi�n y una constante, a la vez, de todo este
an�lisis, ten�a que ver con la relaci�n entre lo general y lo
espec�fico, principio que opera tanto en el plano conceptual como
operativo. Es particularmente significativo por que incide en
esa pr�ctica tan arraigada de desagregar todos los elemento did�cticos.
Por ejemplo, la reflexi�n recupera la visi�n integradora
del ni�o y el desarrollo,� donde cada una de las �reas se concibe
en estrecha interrelaci�n con las otras. En otro aspecto se considera
la� relaci�n entre las actividades de rutina y las
que propiamente intervienen en los proyectos en la vida cotidiana.
En las decisiones did�cticas se destaca la relaci�n de sentido
entre las situaciones que abordan contenidos espec�ficos y el
contexto general dado por los prop�sitos y la l�gica misma de
los proyectos. Igualmente, en la definici�n del recorte [11] que se hace de un objeto de conocimiento,
para tomarlo como eje o n�cleo integrador de una determinada modalidad
en la organizaci�n de actividades.
En este proceso, y sin haber resuelto muchos interrogantes,
se han escuchado preguntas mas de fondo y demandas mas concretas
respecto a la ense�anza y, a los contenidos [12] . Un lugar de preferencia respecto a estas inquietudes se ha
expresado en torno a la ense�anza del lenguaje escrito que tradicionalmente
ha ense�ado la primaria (lo digo en el sentido de tradici�n y
de pr�ctica tradicional) y que ha influido much�simo en preescolar.
No es de sorprender que esto haya sucedido� ya
que a partir de la investigaci�n en el marco psicogen�tico
[13] � se ha difundido el conocimiento sobre los procesos
de aprendizaje de los ni�os, en este contenido espec�fico, y se
han desarrollado investigaciones y propuestas propiamente did�cticas
que han revolucionado, aunque no dominado a�n, la ense�anza de
este contenido en educaci�n inicial. [14] En el� proceso de asimilaci�n de esta ideas
en el nivel preescolar, se ha logrado romper con el� mito de que
el Jard�n de Ni�os no deb�a ense�ar a leer ni escribir. A esto
se ha sumado la demanda social que cada vez reclama, con mayor
fuerza y� legitimidad, el derecho a ese conocimiento desde las
primeras edades.
Otra consecuencia importante a partir de la reflexi�n
entre constructivismo y did�ctica del lenguaje escrito, es que
ha abierto el camino a reflexionar sobre� la� legitimidad de ense�ar
otros contenidos espec�ficos en el nivel preescolar que correspondan
a diferentes campos del conocimiento cient�fico y art�stico y,
desde esta idea, considerar la pertinencia de construir estas
did�cticas sin que se pierda la funci�n y la identidad que este
nivel tiene en la educaci�n infantil.
Otra visi�n que profesionalice de manera distinta
la actividad docente, implicar�a una revisi�n y resignificaci�n
de las formas did�cticas con que tradicionalmente se han tratado
estos contenidos muchos de los cuales, a mi juicio,
han estado presentes pero no en su dimensi�n de objetos de conocimiento
ni de objetos sociales y de la cultura,� sino como temas que han
sido un soporte para otros prop�sitos.
Retomando la perspectiva general: �Que elementos
o factores estructurantes en este marco constructivista son los
que se recuperan para una elaboraci�n propiamente did�ctica? Es
decir, ya no para explicar como un sujeto pasa de un estado de
menor conocimiento a otro de mayor conocimiento,� tema que corresponde
a la investigaci�n psicol�gica, si no para responder a otra que
tiene prop�sitos e implicaciones did�cticas y que es: �c�mo
lograr que los alumnos pasen de un estado de menor conocimiento
a otro de mayor conocimiento en relaci�n con los contenidos escolares?.
[15]
En un enunciado muy general, la perspectiva Piagetiana
explica el desarrollo de la inteligencia [16] en la confluencia de la maduraci�n biol�gica, el ejercicio
y la experiencia que el ni�o va adquiriendo por las acciones que
realiza sobre los objetos, desde que nace, y por la interacci�n
social; es decir, por las relaciones que establece con las otras
personas con quienes vive y convive en distintos espacios sociales
de su vida cotidiana. Se�ala tambi�n la afectividad, como factor
inherente a toda conducta y la equilibraci�n, como un mecanismo
de compensaci�n activa en la interacci�n entre sujeto y objeto,
en el proceso de construcci�n del saber. En el enfoque socio-hist�rico [17] , Vigotsky pone el �nfasis
en la transmisi�n social y cultural que representan los objetos
y pr�cticas sociales y culturales en que el ni�o aprende y se
desarrolla y, espec�ficamente, en su interacci�n con los otros
seres humanos.
Estos factores, construidos desde la teor�a, han
pasado a ser objeto de estudio e investigaci�n de la did�ctica,
con el prop�sito de que tengan una funci�n y sentido propio en
esta disciplina y se puedan desarrollar estrategias pertinentes
para la ense�anza de los contenidos escolares, a partir de sus
propias cualidades como objeto de conocimiento y de su funci�n�
en las pr�cticas sociales y culturales.
Una situaci�n did�ctica, con prop�sitos
de ense�anza implicar�a una conjunci�n interactiva� entre los
contenidos, la intervenci�n del docente y la participaci�n de
los ni�os a partir de la definici�n de� sus caracter�sticas y
funciones en ese proceso, las cuales se definen en esta perspectiva
constructivista.
Las modalidades en que las situaciones did�cticas�
se organizan y desarrollan pueden ser las actividades puntuales,
una secuencia de situaciones o los proyectos. Su complejidad tendr�a
que ver con los contenidos que se aborden. Cada una, con su prop�sitos,
se organizar�a en torno a un eje o n�cleo� que da cuenta de una
situaci�n o problema social a conocer y/o resolver. En ese proceso
se planifican y desarrollan las situaciones con objeto de crear
condiciones para que los ni�os tengan nuevas experiencias y aprendizajes,
desarrollen distintas capacidades� y profundicen en otros conocimientos.
Considero conveniente una peque�a reflexi�n acerca
del t�rmino situaci�n por que tiene distintas interpretaciones.�
En el medio educativo ha sido mas familiar el concepto de actividad,
como unidad did�ctica y su relaci�n con los contenidos. Sin embargo,
en una perspectiva integradora,� tanto desde el punto de vista
de los sujetos como de los objetos de ense�anza,� el t�rmino situaci�n
remite a una organizaci�n integradora y din�mica de los elementos
que la constituyen y de sus relaciones. Estas situaciones,
en el contexto social y cultural donde toman vida, ocurren en
la diversidad de pr�cticas sociales. En cada una de estas pr�cticas
interviene una particular configuraci�n de saberes que tienen
sentido en funci�n de esa pr�ctica. La regularidad de sus repeticiones
respecto a la funci�n que cumplen, como rito, ante una necesidad
social y cultural, da lugar a que se expresen los lugares y formas
de saber y poder de los sujetos as� como interacci�n, entre personas
y con los objetos propios de tal configuraci�n.
Cada situaci�n did�ctica que se interprete desde
esta perspectiva, establece una determinada participaci�n de los
sujetos y la inclusi�n de� formas comunicativas congruentes con
el eje o n�cleo que la define y con los prop�sitos de la pr�ctica.
Estas situaciones, desde los prop�sitos�
did�cticos implican la articulaci�n entre lo extraescolar y lo
escolar. Una articulaci�n que considera la pr�ctica social
como un contexto de sentido, generador de preguntas, retos y desaf�os
que movilizan los saberes en los que hay que� profundizar en la
escuela. En congruencia con este objeto social y los contenidos
involucrados, se decide la modalidad para la organizaci�n de las
actividades.
Es importante, aunque s�lo alcance a� mencionarla,
la forma como Brousseau [18] entiende el concepto de situaci�n
desde la l�gica interna de la construcci�n del saber.� La identifica
como una especie de espacio donde el sujeto pone en relaci�n lo
que sabe y puede de un cierto objeto de conocimiento para encarar
los retos o desaf�os que las situaciones problem�ticas le presentan.
Sin embargo al no ser suficientes estos conocimientos para entender
o resolver la situaci�n,�� se ve en la necesidad de construir
otros conocimientos.� Es decir, a diferencia del concepto de situaci�n
antes se�alado, que es un contexto con sentido social donde circula
el saber, �sta otra alude a una especie de estado de fricci�n
entre lo que el sujeto no sabe o no puede y lo que tiene que saber,
respecto a un problema que encarar y tiene que resolver construyendo
otros conocimientos.
La posibilidad de ver esta perspectiva del conocimiento
hace pensar en la necesidad de una intervenci�n docente sistem�tica,
dial�gica y problematizadora, que oriente y gu�e el proceso. Esto
requiere, a la vez,� de un marco flexible y abierto de criterios
que permitan pensar los elementos que intervienen y sus relaciones
en funci�n de cada situaci�n
�
Esta perspectiva de la educaci�n infantil, desde
los lactantes hasta la primaria, y de all� en adelante, implica
una transformaci�n de las funciones y� responsabilidades tradicionales
de las instituciones de educaci�n infantil, la redefinici�n de
sus contenidos y, por lo tanto, de la funci�n docente. Como en
todo proceso de transformaci�n se requiere de� convicciones para
abordar los conflictos que se generan en el proceso.
Asumirse en la funci�n de� ense�ante
o maestra de aquello que se ense�a o pretende desarrollar requiere,
entre muchas otras cosas, de tener una identidad que lo sostenga.�
Esta identidad ha correspondido mas a los docentes de la primaria
que a las del jard�n de ni�os donde su funci�n, como educadora,
ha tenido orientaciones muy diferentes. La idea dominante en preescolar
ha sido que los� ni�os vayan al jard�n a que se les eduque, a
que jueguen, a que se socialicen.� A que se les eduque en los
buenos h�bitos y en adquirir una disciplina en relaci�n a los
comportamientos escolares. A que se socialicen en la adquisici�n
de todo tipo de h�bitos, que si bien no son malos de por s�, se
han tenido como metas prioritarias en la educaci�n infantil. A
que entren a la l�gica de la actividad juego, es decir,
del juego como instrumento de control y como se�uelo para los
aprendizajes, es decir, a que jueguen pero renunciando
al acto libre de jugar.
Ser se�o o se�orita o
miss, como ahora les dicen o simplemente educadora,
es diferente de ser la maestra de primero o de segundo, que es
buena porque ense�a, aunque sea dura con la disciplina. En el
caso de los a�n mas peque�os,� el concepto de lo educativo se
ha restringido, generalmente, al de otorgar los cuidados asistenciales
b�sicos.
�Podemos hablar de los centros de desarrollo infantil
y de los jardines de ni�os como escuelas?.
En torno a esta pregunta podemos ver aproximaciones
contradictorias. A lo largo de los a�os la escolarizaci�n ha estado
asociada a la escuela primaria y niveles posteriores.� Escolar,
remite a la idea de escuela y en la escuela se ense�a y se aprende.
De hecho, sigue pens�ndose que es en la primaria donde comienzan
los aprendizajes socialmente valorados y esto involucra la cantidad
de m�todos y t�cnicas que sirven para ello. Antes, institucionalmente
hablando, nada importante pasaba por las cabezas de los ni�os.
Al jard�n de ni�os se le ha visto como preparador
para el gran inicio de los aprendizajes que ocurrir�a en la escuela
primaria. Respecto a la guarder�a, o nombres equivalentes, tiene
vida a�n la idea original de que los mas peque�os van a que se
les entrene debidamente en sus funciones fisiol�gicas, a cuidar
que no corran riegos f�sicos, a que reciban sus alimentos, a adquirir
buenos h�bitos de disciplina e higiene y algunas habilidades b�sicas.�
No es que esto est� mal sino que, institucionalmente y por mucho
tiempo, ha habido un vac�o de reflexi�n respecto al enorme potencial
de aprendizajes y desarrollo que tienen los ni�os y c�mo hacer
para lograrlo, no solo como entrenamiento.
La primaria, entonces, ha legitimado su espacio
pedag�gico como un lugar donde los ni�os s� van a aprender y no
a jugar (total descalificaci�n del juego en lugar de abrirle sus
espacios).� Es por ello que en el curr�culo de este nivel y los
que siguen, el concepto y� funci�n de los contenidos serios
y formales tienen legitimidad. En este sentido se
ha pensado que hablar de curr�culo en educaci�n infantil no es
propio y que al hacerlo no se toman en cuenta las necesidades
y caracter�sticas de los preescolares. Es as� que asociar la escolarizaci�n
a la idea de los m�todos tradicionales, de la primaria principalmente,
adquiere un sentido negativo.
Parte de la realidad es que no ha existido, en
M�xico por lo menos, una tradici�n pedag�gica que haya generado
una estructura conceptual ni metodol�gica en relaci�n a lo que
implica moverse en el concepto de contenidos pertinente a esta
fase del desarrollo,� a�n cuando est� demostrado, por la experiencia
de otros pa�ses, la plena posibilidad de hacerlo
[19] .
He se�alado c�mo, el jard�n de ni�os, ha establecido
su diferencia con la primaria organizando sus tareas en relaci�n
a los juegos y transformando esta actividad esencial en m�todos
donde las diferentes actividades se disfrazan de juegos
o� de ..juguemos a.... Creo que es importante insistir
en ello porque, en pocas palabras, esta forma de asumir el juego,
que se ha institucionalizado y escolarizado impide a los ni�os
acercarse al sentido de lo que es jugar, y la funci�n que tiene.
Distorsiona la posibilidad de considerar, en la organizaci�n escolar,
un equilibrio entre las actividades que son propiamente de ense�anza
y el espacio para jugar. Y sobre todo cancela lo mas sensible
del desarrollo infantil que es encontrarse,� jugando, en el espacio
de la� magia, del sue�o, de la fantas�a, de la poes�a; de transitar
en el mundo de la creaci�n, en los l�mites entre la ficci�n y
la realidad; por lo tanto, de vivir la antesala de los lenguajes
art�sticos. Esta reflexi�n no es simple; no jugar va en detrimento
de la constituci�n del sujeto en su desarrollo simb�lico.
La idea de los contenidos y la escolarizaci�n,
al interior de esta cultura pedag�gica, tan particular, pareciera
agredir una especie de sentido originario� que rompe con algo
id�lico y hace incompatible pensar en una ense�anza seria y profunda
y en una� formaci�n profesional seria, exigente y profunda. Esto
implicar�a dejar de� reconocer a los ni�os como chiquitos incapaces,
tontos y� a quienes hay que resolverles la vida por
que no entienden. Estos estereotipos han impedido,
lamentablemente, el placer enorme de dialogar con los ni�os en
su propia l�gica y posibilidades y aprender de sus pensamientos
cuando intentan comprender el universo f�sico y social en que
viven.
Parad�jicamente observamos, en la pr�ctica actual
en los jardines de ni�os, que muchas educadoras realizan esa forma
tradicional de escolarizaci�n o primarizaci�n,� que estamos cuestionando
y que se expresa, en la mayor�a de los casos, en formas totalmente
mec�nicas y repetitivas de ense�ar a los ni�os, por ejemplo, a
leer y escribir, a sumar y restar, aprender idiomas o aprender
computaci�n.
La escolarizaci�n en el nivel preescolar desde
el marco constructivista est� lejos de estas ideas. Hace intervenir
el concepto y desarrollo de la autonom�a infantil como herramienta
para el desarrollo de todas sus capacidades. Asume la construcci�n
de conocimientos como un valor y un derecho leg�timo desde las
primaras edades y da un peso fundamental al acto de jugar.� Estas
ideas se apoyan, justo, en las caracter�sticas infantiles y en
el conocimiento del objeto de ense�anza; de esta manera es posible
crear un espacio did�ctico para que ocurran las experiencias educativas
y para orientar la intervenci�n docente.
La flexibilidad y apertura que requiere una propuesta
as�, no se contradice con la seriedad, el rigor y sistematizaci�n
que exigen las fases del proceso. Por ejemplo, saber que los ni�os
aprenden de distintas maneras sugiere diversas formas de organizaci�n
de las experiencias:� con objetos, en el marco de situaciones
y pr�cticas sociales, en el acompa�amiento con mayores que gu�an
de cerca su procesos; en la interacci�n con otros ni�os que saben
mas o que saben menos, en equipos, en el grupo total,� en interacci�n
con valores y diversidades humanas; observando, imitando, creando
y otras.
Es importante insistir en la idea, tan generalizada
de que los ni�os por ser chiquitos son� tontos e incapaces.� Es
frecuente escuchar comentarios en el sentido de que:� a�n
no saben.....,�� a�n no pueden...... o que alg�n
d�a llegar�n a ser o saber lo que deben. La ideolog�a de la falta
y de no hacer con exactitud lo que se pretende, adem�s de ser
discriminadora, no corresponde a una visi�n constructivista� que
se sostiene en el concepto de proceso. En esta idea, los ni�os
son, saben y pueden hacer mucha cosas en un momento dado; las
hacen a su propio ritmo, forma y contenido de acuerdo a sus determinaciones
hist�ricas y a las caracter�sticas universales de esa fase del
desarrollo. Eso determinar�a el punto de partida de la intervenci�n
docente para ayudarlo a avanzar a un mayor grado de desarrollo.
As� que la idea que sugiere que todos los ni�os de cierta edad
deben hacer, decir, saber y pensar lo mismo, queda anulada.
�
Es indudable que cada ni�o o ni�a puede llegar
m�s all� de lo imaginable y de lo que las normas decidan. Sin
embargo esto depende, en gran medida, de c�mo se entiendan y aborden
sus procesos de aprendizaje y desarrollo, tema de este art�culo.�
Para avanzar, ampliar y profundizar en conceptos y acercamientos
did�cticos desde el punto de vista constructivista,� ayudar�a
considerar las posibilidades que al respecto ofrecen Vigotsky
y Bruner.� Dada la brevedad del art�culo y por la pertinencia
que tiene con el tema tratado, s�lo quiero destacar algo que me
parece importante en los planteamientos de Vigotsky.
Considera este autor que el aprendizaje� implica
los nuevos conocimientos y que el desarrollo los profundiza y
hace cada vez mas complejos y significativos [20] .� Es decir, ubica los aprendizajes como condici�n previa al
desarrollo o, dicho en la l�gica escolar, se organizar�an primero
situaciones que den lugar a nuevos aprendizajes y se trabajar�a
luego en el sentido de profundizar esos conocimientos. En esta
l�gica, la relaci�n entre aprendizajes y desarrollo de distintas
capacidades, conocimientos y valores, a lo largo de la vida,�
ir� siempre� de la mano.
Integrar algunas de las ideas planteadas en este
art�culo, me sugiere que estos conceptos podr�an dar una especie
de identidad a la l�gica de las did�cticas en educaci�n infantil.
Es decir, para adquirir los primeros aprendizajes se requiere
que los ni�os tengan oportunidades de participar y vivir experiencias
interesantes y significativas en situaciones donde los saberes
sociales, culturales, cient�ficos, comunicativos y muchos otros,�
adquieren su funcionalidad y sentido, en el uso social que de
ellos se hace para resolver la vida.
Estamos hablando de situaciones que pueden ser
extraescolares y escolares y que se experimentan en toda su complejidad.
Unas se recuperan para abordarlas did�cticamente� en el Jard�n
o CENDI ; en ocasiones se va a ellas en el contexto vivo de la
comunidad.� El criterio es que sean reales, o tan reales como
sea posible. Se podr�a de esta manera tener experiencias con las
formas sociales que adquieren los contenido, la forma y funci�n
de las interacciones entre las personas� y con los objetos y espacios;
el lenguaje que utilizan, los saberes que circulan.
Condiciones similares, pero enfocadas al desarrollo
de un conocimiento espec�fico, como podr�a ser el lenguaje escrito,
que he citado como ejemplo, requieren de entrar a ese concepto
de did�ctica espec�fica, pero integrada a una situaci�n de sentido.
Por lo tanto, avanzar en el desarrollo de capacidades
y en la construcci�n de sentidos, son prop�sitos esenciales que
se conjugan en estos planteamientos. En este sentido,� el acompa�amiento
personal del docente y de otros adultos en las exploraciones y
anticipaciones que un ni�o hace en ese proceso, es una de la formas
de intervenci�n m�s importantes. Ayudarlo en lo que no sabe o
puede, identificar y reconocer sus anticipaciones y valorar sus
avances,� va mas all� de lo t�cnico de la ense�anza, ya que incide
en la dimensi�n afectiva, en las sutilezas de la relaci�n humana,
en la posibilidad de despertar la� confianza en sus capacidades
y sintiendo el apoyo en la construcci�n de una identidad positiva.
Organizar un curr�culo de educaci�n infantil tomando
como n�cleo el desarrollo de las capacidades humanas, en su sentido
mas amplio y universal y no por ello menos organizable e integrador,�
corresponde a una� ideolog�a que implica conocer y respetar lo
que cada ni�o o ni�a es, sabe y puede, pero tambi�n� lo que es
capaz de aprender, desarrollar y crear si se le ofrecen oportunidades
congruentes con sus� caracter�sticas y necesidades fundamentales.
Entre ellas la de jugar en el despliegue de sus acercamientos
para comprender, manejar y representar el mundo en que vive. En
�ltima instancia, el ejercicio de una autonom�a e independencia
progresivas, en todas las capacidades, son la finalidad del desarrollo
y el desarrollo mismo, como proceso, es la base de mayor independencia
y autonom�a en el dominio de esas capacidades. Estas ser�n las
armas con que los ni�os y ni�as cuenten para comprender y saber
moverse en el mundo en que viven y poder acceder a otros universos.
[1] En el contexto de esta met�fora, la tierra simbolizaba
uno de los elementos peligrosos de los que hab�a que proteger
a los ni�os.
[2] N��ez,Elisa, Teor�a y Pr�ctica del Kindergarten.
Interpretaci�n de los juegos de la madre, Tomos I y� II,
Librer�a de la Viuda. de CH. Bouret, Paris M�xico, 1917.
[3] N��ez Elisa, op. Cit.
[4] N��ez Elisa, op.cit. tomo II pp.93
[5] Zapata Rosaura, Teor�a y Pr�ctica del Jard�n
de Ni�os , M�xico, 1962
[6] � Zapata R. Op.cit, pp 10
[9] Lavatelli, Illinois, 1970. Binghman, Newman, Saunders
y Hooper, Winsconsin, 1976. Kamii y de Vries, 1974. Weikart
(High Scop), Michigan, 70s
[10] Lerner Delia, La ense�anza y el aprendizaje
escolar. Alegato contra una falsa oposici�n, en Jose Antonio
castorina, Emilia Ferreiro, Marta Col de Oliveira, Delia Lerner,�
Piaget Vigotsky contribuciones para replantar el debate.
Paidos Educador, M�xico 1996
[11] Nemirovsky Myriam,� La integraci�n de contenidos.
El papel de lo general y de lo espec�fico: �un problema did�ctico?
en La atenci�n del ni�o preescolar, entre la pol�tica educativa
y la complejidad de la pr�ctica. Fundaci�n SNTE para la
Cultura del maestro mexicano A.C. IEEPO, M�xico q995,
pp 89 - 112
[12] Arroyo A. Margarita, El lugar del ni�o, Sentido
y Naturaleza de los contenidos en la propuesta metodol�gica
de educaci�n preecolar. B�sica, Revista de la Escuela y el
Maestro No. 10 �Mexico, 1996, pp 6-16
[13] Farreiro Emilia y Teberosky Ana, Los sistemas
de escritura en el desarrollo del ni�o, Siglo XXI editores,
M�xico 1979�
[14] Nemirovsky Myriam , Sobre la ense�anza del
lenguaje escrito... y temas aleda�os. Piados, M�xico 1999 �Otras
autoras con amplia producci�n en el tema son:, Kaufman Ana Mar�a,
Lerner Delia, Teberosky Ana, Molinar Claudia, Siro Ani,� Castedo
Mirta....
[15] Lerner Delia, Op cit. pp.72
[16] Piaget J,� Inhelder B., Los Factores del Desarrollo
Mental en Psicolog�a del Ni�o,� Ediciones Morata, Espa�a
1972, pp 150 - 158
[17] Wersch James V., Vigotsky y la formaci�n
social de la mente, Paidos, Espa�a 1995
[18] Brousseau, G., �Qu� pueden aportar a los ense�antes
los diferentes enfoques de la did�ctica de las matem�ticas?
En Ense�anza de las ciencias,� 1991, 9(1), 10 2,
IREM, Universit� de Bordeaux I, Francia.
Versi�n castellana de Luis Puig.
[19] Como ejemplo puede citarse, del Ministerio de
Educaci�n y Ciencia de Espa�a, el Dise�o Curricular Base.
de Educaci�n Infantil, la propuesta curricular de la provincia
de Buenos Aires en Argentina.
[20] Citado en Bassedas Eulalia, Huguet Teresa, Sol�
Isabel, Aprender y ense�ar� en educaci�n infantil, Gra�
Serie metodolog�a y recursos, Espa�a 2000
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